Cuando el periodismo se ejerce con pistola

Publicado: 15/07/2014 en Noticias Internacional
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Periodistas filipinos de la asociación ARMED, entrenan en un club de tiro de Manila. (Rebeca Calabria)

Periodistas filipinos de la asociación ARMED, entrenan en un club de tiro de Manila. (Rebeca Calabria)

Filipinas es el país en paz más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, superado sólo por Siria y Ucrania. Según cifras del Comité para la Protección de los Periodistas de Nueva York, 75 profesionales han sido asesinados desde 1992. ‘El Confidencial’ se sumerge en la dura vida de los reporteros que ejercen con una pistola en el cinto.

Diez minutos después de que su marido saliese hacia el trabajo, Elsie escuchó unos gritos que provenían de la calle. Los proferían la gente que estaba socorriendo a su esposo, Alberto Orsolino. Las amenazas se habían cumplido: acababan de dispararle. Periodista del tabloide Saksi, cubría la información del palacio presidencial de Malacañang. “No se pudo defender. No llevaba pistola”, cuenta.

Elsie se convirtió en una viuda a cargo de cinco hijos. Para dar un poco de seguridad y sosiego a unos niños que no dejaban de hacer preguntas, decidió mudarse a cinco kilómetros de Manila. “Incluso meses después de muerto mi marido, nos seguían amenazando”, explica a El Confidencial. El autor material de los disparos, detenido meses después por la Policía, “me dijo en la cara que asesinó a mi esposo por dinero y me dio el nombre del que mandó apretar el gatillo”. Sus ansias de justicia desaparecieron rápidamente. “Ni siquiera el matón a sueldo testificó”, cuenta. “Nunca se admitió a trámite la implicación de un hombre de negocios con mucho poder y dinero. Decían que no había suficientes pruebas”.

Orly Trinidad, en la emisora de radio GMA. (Rebeca Calabria)

Orly Trinidad, en la emisora de radio GMA. (Rebeca Calabria)

Amor por la profesión por encima de todo

La misma pasión por el reporterismo que impulsaba a Alberto Orsolino llevó a Pablo Hernández, antes activista, a trabajar en un periódico. Fue durante las protestas contra la dictadura de Ferdinand Marcos cuando conoció a algunos editores. Hasta hoy ha corrido mejor suerte que su compañero: sigue con vida tras sufrir tres intentos de asesinato. Con 49 años, y sin amedrentarse pese a tener parte del cuerpo cosido a puñaladas, continúa utilizando la palabra para denunciar los abusos de poder.

‘La última vez, cuando me apuñalaron por la espalda en una sala de billar, conseguí deshacerme del asesino. En el hospital me dijeron que había admitido que dos policías le pagaron 300 euros por matarme. Solamente le dieron una foto mía y le dijeron que yo era un violador. Cuando le explicaron quién era realmente, lloró. Leía mis columnas en el Bulgar’

Hernández cita a El Confidencial en un restaurante de comida rápida para después trasladarnos hasta su casa, donde puede hablar sin peligro, sin lanzar continuas miradas alrededor para comprobar que está a salvo. “Nos matan como a pollos”, espeta, lacónico. Hernández es parte de la plantilla del Bulgar, un periódico mosquito (de pequeña tirada pero muy crítico con el poder), pero hace más de cinco años que no pisa la redacción.

Hablar de cómo el periodista está en el punto de mira de políticos, policías y empresarios desde hace 20 años es un tema interiorizado en este humilde domicilio. Su hijo de 15 años, que ejerce de intérprete, sólo se revuelve en la silla cuando Hernández detalla los tiroteos y las cuchilladas. “La última vez, cuando me apuñalaron por la espalda en una sala de billar, conseguí deshacerme del asesino. Ese día no llevaba la pistola conmigo. En el hospital me dijeron que había reconocido que dos policías le pagaron 300 euros por matarme. Solamente le dieron una foto mía y le dijeron que era un violador. Cuando le explicaron quién era realmente, lloró. Leía mis columnas en el Bulgar”. Los policías que pidieron su cabeza siguen en libertad, al igual los pistoleros de los dos intentos de asesinato anteriores.

Su hijo le interrumpe con una risa nerviosa: “Yo no quiero ser periodista de mayor, es demasiado peligroso”. Tampoco Hernández desea esa vida para sus vástagos, pero, en cuanto a su destino, es tajante. “Amo mi profesión y no sé hacer otra cosa. Han venido tres veces a por mí pero me siento en la obligación de denunciar la corrupción en mi país porque creo en él. Si ésta es la única forma de ayudar a la sociedad, lo acepto, incluso si algún día me matan”.

El reportero Pablo Hernández. (Rebeca Calabria)

El reportero Pablo Hernández. (Rebeca Calabria)

“Cuando me licencié, le pedí a mi madre una pistola”

A Joel Egco se le agotó la paciencia en 2005, cuando tuvo que honrar los cadáveres de varios compañeros y amigos cercanos. “Resulta irónico, vivimos en una democracia pero competimos con Irak o Siria en lo que se refiere a periodistas asesinados”, dice a este diario. Egco es presidente del Club Nacional de Prensa y fundador de ARMED, “un movimiento de reporteros que decidimos organizarnos, armarnos para, en caso de ataque, saber disparar mejor que los malos”. Según sus cálculos, “casi el 50% del gremio sale de casa con revólver”.

Los periodistas de ARMED se reúnen en clubes de tiro donde afinan su puntería o agilizan los trámites para comprar un arma desde 150 euros. En sus encuentros, lucen camisetas con eslóganes como “Dejad de matar a periodistas”. Cecil Villarosa es una de las excepciones. Reportera de calle de la cadena de radio GMA, trabaja en Manila y considera que, por el momento, no necesita un arma. Su compañero en la emisora, Sam Nielsen, lleva pistola desde hace 16 años. “Cuando terminé la carrera le pedí a mi madre que me regalara un arma… Sabía lo que me venía encima”.

Orly Trinidad en un club de tiro. (Rebeca Calabria)

Orly Trinidad en un club de tiro. (Rebeca Calabria)

 

Desarmar a la prensa

Las amenazas a los informadores son algo habitual en Filipinas pero es en el sur del país donde los reporteros son más vulnerables. Trabajan en radios humildes, sus sueldos rondan los 200 euros mensuales y, en muchos casos, viven en zonas controladas por caciques que conocen a la perfección los movimientos de los reporteros.

Sam Nielsen sabe qué ocurre cuando le toca cubrir noticias relacionadas con la política local o del distrito. “Enseguida me intimidan o me dicen que soy un periodista comprado por la oposición”. Ahora también se enfrenta, al igual que Pablo Hernández, el columnista del Bulgar, a la prohibición de portar un arma en la calle, tras la nueva regulación establecida por la Filipinas Act 10591.

‘Amo mi profesión y no sé hacer otra cosa. Han venido tres veces a por mí pero me siento en la obligación de denunciar la corrupción en mi país porque creo en él’

La nueva ley establece que a los profesionales “en peligro inminente durante el ejercicio de su profesión” se les permite llevar armas cortas fuera del domicilio. Esta premisa es, en principio, algo sencillo de justificar para la mayoría. “El 50% recibimos amenazas constantes”, asegura Nielsen. Pero muchos periodistas tienen procesos judiciales abiertos por las denuncias por injurias o calumnias interpuestas por políticos. Y durante el proceso se paraliza el permiso para portar armas.

Orly Trinidad en un reportero de la vieja escuela. Trabaja desde hace más de 20 años en la emisora de radio GMA, donde su acidez frente al micrófono no pasa desapercibida desde los tiempos de la expresidenta Gloria Macapagal. “Estoy en peligro todos los días. No me puedo permitir el lujo de no ir armado durante los meses que dura la renovación de las licencias”, responde, socarrón, a El Confidencial mientras enseña sus Glock en el control de realización.

La impunidad del tiro en la nuca

Las voces discordantes, como la del director del Sindicato Nacional de Periodistas, Sonny Fernández, consideran que la solución para acabar con los asesinatos no pasa por armar a periodistas. “Muchos de ellos llevaban una pistola cuando encontraron la muerte”, ya que medidas como ésta “sólo llevan al caos y a la anarquía, a menos que nos estemos preparando para una guerra sin saberlo”. Las estadísticas tampoco favorecen a los periodistas armados pero, algunos, se sienten más seguros con una pistola cerca.

El propio Joel Egco salvó la vida hace unos años. Denunció un caso de abuso infantil y corrupción y enseguida apareció una furgoneta en la puerta de su casa. No llegó a utilizar su arma, porque la Policía actuó tras su denuncia. El último de sus compañeros asesinado cayó hace exactamente un mes. Era un periodista de radio Mindoro, al sur del país. Llegó al hospital con heridas de bala sin que los médicos pudieran hacer nada por él.

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