Cuando el horror golpea la inocencia

Publicado: 30/12/2012 en Noticias Internacional
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Yaiza Perera | Madrid

Su mirada se perdía en un punto fijo mientras ocultaba con las manos su boca tratando de silenciar un grito de espanto, de terror. El rostro de Henry Terifay, el niño que ven en la imagen, saltó a las portadas de todo el mundo como reflejo de la conmoción por el asesinato de 26 personas, de ellas 20 pequeños de entre seis y siete años, en una escuela de primaria de Newtown (Connecticut, EEUU). Parte de los alumnos que sobrevivió al ataque de Adam Lanza en la segunda aula permaneció escondido en los armarios mientras los cuerpos inertes de su profesora y de sus compañeros yacían en el suelo, otros escucharon los tiros y los gritos en las paredes contiguas y todos, de una manera u otra, respiraron la angustia de un drama de estas dimensiones. ¿Cómo se puede ayudar a los niños a afrontar experiencias tan traumáticas? ¿Es posible evitar que les marquen el resto de sus vidas?

“La verdad, como siempre, está en el término medio. Pueden ser situaciones que las personas recuerden siempre, eso no significa que tengan un trauma, pero que con el tiempo ya no reexperimentan”, explica Sara Bosch, experta en psicología de emergencias, atención a víctimas de terrorismo y trastornos postraumáticos. El objetivo de cualquier ayuda terapéutica es precisamente ése, no hacer que se olvide lo ocurrido “sino que se recuerden las circunstancias pasadas sin sentir esas emociones tan negativas, sin revivir emocionalmente la experiencia”.

Para elaborar un manual de emergencias infantil tendríamos que pensar en el Príncipito y en su mensaje de que en la sencillez está el ser de las cosas

Sara Bosch, experta en trastornos postraumáticos.

Cuando los adultos tratan de ayudar a un niño que ha sufrido un trance de este tipo suelen cometer el error de pensar que viven las situaciones como ellos. “Nos ponemos en su lugar pero corremos el riesgo de ayudar a alguien desde nuestro propio estilo. Como no somos niños es como si tuviésemos un adulto en pequeñito y no es así, su cerebro no está en el mismo proceso que el nuestro, ni tienen las experiencias vitales o creencias que nosotros tenemos”, asegura esta psicóloga, que ofreció su ayuda profesional a familiares y víctimas de uno de los accidentes más trágicos que han ocurrido en España y que se cobró en 2000 la vida de 22 menores mientras viajaban en un autocar escolar en Soria.

Para elaborar un manual de emergencias infantil “tendríamos que pensar en el Principito”, recomienda recordando el mensaje del personaje de Antoine de Saint-Exúpery de que “en la sencillez está el ser de las cosas'”.

Cuando un niño ha sido víctima o testigo de una realidad tan dramática como la que golpeó el pasado 14 de diciembre el colegio Sandy Hook lo primero que hay que hacer es “devolverle la percepción y el sentimiento de seguridad” porque han vivido una situación de inseguridad máxima. Las personas que deben atenderles deben ser sus padres, un familiar u otra persona que sea para ellos una figura de referencia. “Una persona desconocida, por mucho que sepa de psicología de emergencias o infantil, debe limitarse en esos momentos a darle asesoramiento a éstos”, subraya Bosch, actualmente responsable del área psicológica de la Asociación Catalana de Víctimas de Terrorismo.

Los pequeños tienen que recibir mucho contacto físico -aunque no abrazarles fuertemente- y escuchar mensajes tranquilizadores para que conecten con la nueva realidad: “Ya estás a salvo”; “Ahora no pasa nada”, “Todo está bien”… Hay que restaurar lo básico, que beba agua, que esté abrigado, y llevarles a un lugar seguro, alejarles de la percepción visual del escenario de la tragedia.

Y en esos primeros momentos no preguntar. Los padres sienten la necesidad lógica de saber cómo están, pero en los momentos posteriores a una experiencia traumática “ni los adultos ni los niños tenemos capacidad cerebral de hacer un discurso verbal. Es como si tienes una pierna rota y te dicen que tienes que correr”, advierte.

“Ellos han salido físicamente de allí pero mentalmente no. Su mente sigue reproduciendo probablemente los primeros momentos del impacto aunque se hayan pasado cuatro horas aburridos. Pueden tener alterada la percepción del tiempo que han pasado allí, de lo que han hecho. Deben armar aún ese relato”, explica en un intento de describir la confusión mental que pueden sufrir los pequeños. Los padres o familiares sí han de promover una actitud de escucha, con silencios y miradas atentas por si el niño siente la necesidad de hablar.

Los adultos, pese a la conmoción que posiblemente sientan por lo ocurrido y por muchas ganas que tengan de sobreprotegerles, deben tratar de evitarlo. Mostrarles afecto y amor, pero también, con sensibilidad, “reconocer sus capacidades” y tratarles como personas “capaces de tomar pequeñas decisiones” para reforzar su autonomía [preguntarles por ejemplo si quieren agua, pero no sostenerles el vaso]. Nunca hay que dejarles solos.

Espacios donde jugar

Un cartel invita a los niños a jugaren una escuela en Newtown. | Facebook/Save the Children

Para facilitar el cuidado de los pequeños en situaciones de emergencia como ésta o en caso de otro tipo de catástrofes, la ONG Save the Children abre habitualmente unos espacios seguros en colaboración con Cruz Roja e instituciones locales para ayudar a los niños a recuperar la sensación de seguridad y normalidad a través del juego y dar la oportunidad a los padres de recibir asesoramiento frente a la crisis con la garantía de que sus hijos son atendidos por profesionales cualificados [se comprueba que carecen de antecedentes y que tienen la formación necesaria para garantizar la protección de los menores].

Tras la tragedia de Newtown un grupo de voluntarios locales de la organización puso en marcha en apenas unas horas un área en el interior la escuela John Reed para atender a 200 niños y organizar actividades ‘terapéuticas’ que les dieron la oportunidad en esos momentos de crisis de “jugar, socializarse, aprender y expresarse”, según explica Paul Myers, uno de los responsables del programa en Estados Unidos.

Si el niño sigue manifestando cambios en su conducta pasados tres meses desde esa experiencia traumática, se debe consultar a un especialista.

Allí los menores que necesitan más actividad pueden jugar al fútbol, los que requieren calma se refugian en las páginas de un libro y todos tienen la oportunidad de coger lápices de colores y reflejar en un papel la experiencia que han vivido. En casos de crisis, Save the Children suele ofrecer consejos psicosociales a la población en general y tras el múltiple asesinato en la escuela elaboró un décalogo para orientar los padres, pero el objetivo de los espacios seguros que crea no es ofrecer una terapia psicológica. No obstante, en el caso de incidentes “horribles” como el de Newtown se detectaron numerosos casos de niños y progenitores que requerían atención profesional, por lo que Save the children contactó con “colaboradores o con el Gobierno” para facilitársela, subraya Myers.

Cómo hablar de lo ocurrido

Pasados esos primeros momentos tras el shock, una vez restauradas esas necesidades básicas y situados en un lugar seguro, se puede empezar a hablar con el niño de lo ocurrido. “¿Qué tengo que decirle?, ¿cómo se lo digo?, le han preguntado en más de una ocasión los padres cuyos hijos han sido víctimas de una experiencia dramática. “¿Quién conoce mejor a tu hijo que tú?”, les responde recordándoles sus propias capacidades para ayudarle. “No hay un manual”, concluye, aunque sí ciertas pautas para abordar esa conversación, que nunca será “tan detallada y extensa como quisiera un adulto”.

Primero hay que averiguar qué es lo que sabe el pequeño. “Normalmente sabemos más los que estamos fuera que los que están dentro y puede ser que necesite esa información, o puede que no”. Es importante preguntarles “¿qué crees tú que ha pasado?” antes de darle datos que “puedan ser una sobredosis o no tengan capacidad para entender”. En función de su respuesta “podemos seguir aportando pequeñas informaciones e incluso indicarle que si en cualquier momento quiere saber cualquier cosa pueden preguntarte”, explica con detenimiento. Sí hay que ser “prudentes” con las afirmaciones que se realizan porque “en un estado así, cerebralmente somos muy hipnóticos y algunas frases, ideas, se pueden quedar grabadas de por vida”.

Y ¿cómo se le puede explicar a un niño algo que ni siquiera un adulto comprende? “Una cosa es entender las situaciones y otra justificarlas. En un niño es más fácil porque saben que hay personas que tienen enfermedades de la mente y hace actos de locura desde esa enfermedad causando daño a personas sanas”.

Cuando se trata de tender una mano a los pequeños que han sido testigos de una realidad tan dura como la de una masacre lo importante no es tanto “que nos explique qué ha pasado sino cómo lo ha hecho”. Se debe reforzar su capacidades, su fortaleza (“¡qué valiente has sido¡”), no sus vulnerabilidades”. Que no se sienta juzgado, que “lo que ha hecho es normal, que es un niño normal y lo que no es normal es la circunstancia que ha vivido“.

Nunca hay que mentirles y si no sabemos algo, reconocerlo. Si nos preguntan “¿por qué este chico ha hecho esto?”, podemos responder con sinceridad “no lo sé, puede ser que tenga alguna enfermedad en su mente, pero realmente, no lo sé”. O, “¿qué va a pasar ahora?”. “Pues no lo sé, pero qué crees tú que podemos hacer?”…

Y para que ese episodio trágico en su vida no quede grabado en su mente como una losa emocional, es indispensable que los niños, sencillamente, jueguen. Si uno de los alumnos de Sandy Hook le cuenta a sus padres con muñecos lo que ocurrió en el colegio o se tira en el suelo del comedor de su casa como lo hizo en el aula, su cerebro estará recreando esa experiencia traumática -con su postura corporal- pero en un entorno seguro, por lo que la vivencia será distinta y así será cómo se le quedará. “Lo que esté sintiendo en el momento en que me lo cuente se va a incorporar a su recuerdo, por eso es muy importante que nosotros le transmitamos tranquilidad y admiración. Es como un archivo que vuelvo a escribir y le doy a guardar. Le va a quedar el nuevo”, explica Sara Bosch con un ejemplo clarificador.

Pueden ver tristeza, pero no drama

Los pequeños captan las emociones y les condiciona en su forma de entender la realidad. Durante las expresiones de duelo posteriores a la tragedia, gran parte de los menores de Newtown estuvo presente y compartió el dolor con los adultos. “Un niño nos puede ver llorar, sí, para él es muy normal, no se asusta por eso, y es bueno que vea que la tristeza y el miedo son emociones legítimas, pero nunca debe ver drama”, mantiene. A un niño de siete u ocho años se le puede preguntar si quiere acudir a un funeral u a otra expresión de duelo, pero explicándole siempre en qué consiste y dándole la oportunidad de marcharse cuando lo desee. Si son más pequeños es mejor que no acudan, sobre todo si “hay emociones muy intensas o la posibilidad de que algún adulto pierda el control”.

Su percepción de la muerte es distinta a la de los adultos y, de hecho, hasta los 10 años piensan que no es irreversible. El hecho de que no hablen de las personas que han muerto -en este caso sus compañeros- pueden sorprender, pero es “normal”. Se debe a su mecanismo defensa que se llama “disociación”, se desconectan de esa “vivencia porque no tienen recursos para afrontarla y eso favorece que no se graben ciertas emociones”, explica Bosch.

Cambios de comportamiento

Los niños que han sufrido experiencias de gran estrés emocional pueden comenzar a tener reacciones que resulten preocupantes, pero que son normales. Pueden sufrir retrocesos a una etapa más infantil (en el lenguaje o hacerse pis), cambios de carácter, irritabilidad, pérdida de apetito… Es importante seguir con la rutina habitual, que vea que su vida continúa. Si los cambios en su personalidad son muy fuertes hay que tratar de que “reconecte consigo mismo” y ayudarle a recordar su manera de ser llevándole, por ejemplo, a los lugares o actividades que le gustan. Instarle poco a poco a que recupere su autonomía. Si pasados tres meses hay conductas que persisten, es recomendable buscar ayuda profesional.

Y ese regreso a la normalidad en el caso de los alumnos del Sandy Hook, incluye, pasado un tiempo, la vuelta a clase. Para ellos, el colegio, aquel lugar de juego y aprendizaje donde se sentían seguros, se convirtió en menos de 20 minutos en el escenario de sus peores pesadillas. ¿Es conveniente regresar? Sara Bosch no duda. “Yo con mi hijo sí lo haría. La vida sigue y afrontar una circunstancia implica prestarle atención, si hacemos como si no hubiese sucedido no vamos a conseguir que mentalmente se procese. Sí hay que organizar la vuelta al escenario para canalizar emocionalmente las cosas. Si les sacamos del colegio les estamos diciendo que es un lugar peligroso, y entonces…¿los alrededores también?, ¿el parque, mi casa también? Lo que es peligroso es una persona con un arma, pero el lugar no tiene la culpa”.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/12/28/noticias/1356683619.html?cid=GNEW970103

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